Nacimiento extático y parto orgásmico

 

En el año 1982, la pediatra y psicoanalista francesa Françoise Dolto descubrió la función de las contracciones uterinas durante un orgasmo completo (ese que designa bajo el curioso nombre de ¨orgasmo útero-anexial¨). Toda mujer que haya reconquistado la integridad de su cuerpo ha experimentado –a veces en el mayor de los secretos- esta dimensión vultuosa de la contracción uterina. Y, después, lo podrá experimentar en uno de esos partos orgásmicos que están siendo estudiados y que ya han comenzado a ser descritos en estos días, aunque generalmente se hayan tropezado con el mayor de los escepticismos y, en ocasiones, con reacciones escandalizadas: el impensable orgasmo de la madre provocado por el nacimiento de su hijo llega a tocar el corazón mismo del tabú y del incesto...

 

Siglos de ideología masculina ha llegado a transformar el útero femenino en un nido pasivo e inerte, en el mejor de los casos, y en un lugar frecuentemente sufriente, incluso tóxico en muchos otros. La mayoría de las mujeres procedentes de culturas patriarcales, incluso en nuestros días, solo conocen de su útero las dolorosas contracciones que se producen en el momento de la regla, y esto es consecuencia directa de una infravaloración secular del sexo femenino.

 

Una vez que el sentido común nos indica, que las contracciones uterinas armoniosas son la mejor garantía de la buena salud del aparato reproductor femenino, el colmo de la salud consistiría en parir en medio de un placer extático. Imaginemos, por unos instantes, lo que esta experiencia puede producir en el niño que está a punto de nacer: las contracciones comienzan en el fondo del útero y van progresando hacia delante, como si fueran olas de un movimiento muscular impregnado de felicidad. El niño, entonces, coloca sus pies y su pelvis en medio de esa corriente con el deseo de dejarse llevar sin oponer resistencia. Poco a poco, las contracciones aumentan y el niño se integra a ellas como si formaran parte de su propio esfuerzo. Las contracciones le impulsan había delante, incitándole a orientar su cráneo, todavía ovoidal, hacia los diámetros más holgados de la pelvis materna para, luego, ir deslizándose poco a poco hacia el canal uterino. En esta oscuridad total bañada de un extático esfuerzo, su memoria celular le recuerda la existencia de la luz, y por medio de un movimiento ondulatorio que gira todo su cuerpo y ayudado por las contracciones maternas, coloca su cabeza en dirección a esa luz que le espera. Una marea de oxitócica, la también llamada hormona del amor maternal, provoca un relajación de los ligamentos existentes entre las dos mitades del arco púbico, facilitando así el descenso. La boca del bebe roza, como en un beso, las paredes entre las cuales se mueve en espiral. El niño deja detrás de sí el líquido amniótico, que, del alimento que era, se convierte en lubricante que le permite deslizarse con más facilidad. Así él bebe puede ya girar la cabeza, lo que le evita golpeársela con las protuberancias del hueso sacro. Este último giro le permite frotarse contra las paredes de la vagina, fricciones que estimulan, entre otros, su sistema urinario, gastrointestinal y respiratorio. Las últimas contracciones –que son las más fuertes- alrededor de su tórax le ayudan a vaciar el líquido contenido en su estómago y a comenzar a respirar. Con toda la alegría que genera el trabajo bien hecho, el niño entra en el mundo. Su primer contacto con el oxígeno no es doloroso y forzado, sino que se lo va aportando gradualmente el cordón umbilical que aún late y que no será cortado antes del momento preciso.

 

Si el agua matricial y la oscuridad de la gestación nos unen a nuestra madre, la luz que el niño descubre al nacer y las primeras bocanadas de aire que respira tras salir del vientre materno le ligan al padre, que es aliento y el sol.

 

¡Bienvenidos al mundo, niños!

 

 

 

Extracto del libro ¨Meta Genealogía – Alejandro Jodorowsky, Marianne Costa¨.

 

 

EDICIÓN: CCC-ODAEE

Contenido: Consciencia, espiritualidad y autoconocimiento, hacia el Homo Sapiens Sereníssimus y la civilización del tipo 1.

Edición&mail: día del niño. 

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