El mito de los orígenes: la fecundación

 

El mito salido de la ciencia del siglo XX,  que todos conocemos, nos enseña que la fecundación es un acto guerrero donde el espermatozoide más fuerte luego de una gran y despiadada disputa,  penetra el óvulo, que esperaba apacible y atónito ser conquistado. ¿Pero y si el óvulo elige y atrae hacia él los espermatozoides más adaptados para hacer nacer a ese ser que debe venir al mundo? Obedientes ante la poderosa llamada, los espermatozoides colaboran unos con otros, como lo haría un equipo deportivo, con el fin de facilitar el avance de los individuos escogidos en dirección al óvulo. La realización de uno de ellos es el triunfo de todos. 

 

En cada eyaculación se produce una descarga de líquido seminal con unos 500 millones de espermatozoides. Gran parte de los mismos, incluso en el caso de un individuo joven, contienen eso que los científicos describen como ¨defecto que les impide fecundar el óvulo¨. Pero, en realidad, ¿en qué consisten tales defectos? Si dejamos a un lado los prejuicios de origen machista y darwinista, se hace evidente que no todos están destinados a consumar la fecundación. Millones de ellos se movilizan con el objetivo de neutralizar la acidez vaginal para pasar a continuación a través del cuello del útero: Los que continúan con su avance remontan, a contracorriente, los cilios vibrátiles que tapizan las paredes del útero y de las trompas. En realidad, los espermatozoides llevan en su interior, y desde su origen, una colección de mitocondrias (la ¨central energética¨ de la célula) que les permite resistir alrededor de 24 horas, aunque después de dicho plazo será necesario que se ¨recarguen¨ en la trompa.

 

Cuando por fin alcanzan su objetivo, apenas superan una centena: todos los demás se han sacrificado para facilitar el avance de un pequeño grupo. Durante este tiempo, el óvulo ha ido descendiendo por la trompa, donde se impregna de una capa viscosa de células nutritivas que, en su mayoría, no serán utilizadas aunque una parte de ella si ayudará a los espermatozoides abrir camino hacia esa otra capa más dura y elástica que uno de ellos acabará penetrando.  Para conseguirlo, los espermatozoides deben deshacerse del acrosoma, un revestimiento en el extremo de sus cabezas cuyas enzimas les permite disolver la pared del óvulo. Esta tarea supondrá, de nuevo, el sacrificio de la mayoría de los espermatozoides restantes. Los últimos (alrededor de una decena) consiguen atravesar la pared del óvulo y quedan allí implantados –removiendo rítmicamente sus flagelos- y hacen girar al óvulo en el sentido contrario al de las agujas de un reloj. Este movimiento, el mismo de los planetas, del sol y del universo, une al óvulo a la danza cósmica y le carga de una inmensa energía. Es en este preciso momento cuando el óvulo elige (por motivos que probablemente tengan que ver con el Inconsciente y el Supraconsciente de la madre) el espermatozoide que se convertirá en su aliado para la creación de un nuevo ser. El elegido, a cuyo éxito han colaborado todos los demás espermatozoides, es atraído hasta el interior del plasma celular y, a una velocidad vertiginosa, la composición de la envoltura del óvulo cambia, cerrando el paso al resto. El espermatozoide elegido pierde su flagelo, que ya ha cumplido su misión, y se aproxima al núcleo genético de la mujer: atraídos el uno hacia el otro por lo que se podría describir como un amor infinito, ambos se fusionan. Lo que les permite permanecer unidos es el movimiento vigoroso de los espermatozoides restantes, que continúan haciendo girar el óvulo durante unos días. Antes de morir, permiten que el óvulo fecundado se deslice a lo largo de la trompa y encuentre su camino hacia el útero. Quinientos millones de seres han colaborado para que solo uno de ellos tenga el privilegio de engendrar un ser humano.

 

Si suscribimos esta interpretación, que se apoya en hechos científicamente probados y que tiene el mérito de ser bastante más reconfortante que el mito en vigor, muy bien se puede afirmar que en esta relación óvulo-espermatozoide no hay ni una violación ni conquista, sino que, muy al contrario, se da una fabulosa atracción mutua alimentada por una colaboración sin descanso de los espermatozoides entre sí, así como de todo el aparato genital femenino con las células masculinas. De igual forma, podemos imaginar que se produce un orgasmo en el momento en que el óvulo se abre y el espermatozoide se deja absorber, en la nueva unidad que van a crear juntos.

 

Extracto del libro ¨Meta Genealogía – Alejandro Jodorowsky, Marianne Costa¨.

Modelo en la foto: Miranda-kerr

 

 

EDICIÓN: CCC-ODAEE

Contenido: Familia, pareja y grupos sociales, meta genealogía de las interacciones humanas.

Edición&mail: día de la madre. 

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